Una instalación eléctrica industrial casi nunca falla de golpe. Se degrada durante meses, a veces años, y solo el último minuto de ese proceso se parece a lo que en planta se llama “una falla”. Un tornillo que perdió par, una zapata que quedó floja después de miles de ciclos térmicos, un contacto picado por arqueos repetidos: todos aumentan su resistencia poco a poco, y esa resistencia se convierte en calor. El mantenimiento eléctrico industrial consiste, en el fondo, en encontrar esas señales mientras todavía son señales y no un tablero quemado a las tres de la mañana.
En De La Mar hacemos instalaciones especializadas y mantenimiento eléctrico —preventivo, correctivo y bajo programa recurrente— en plantas, centros de distribución, naves industriales y la obra civil asociada. Trabajamos bajo la NOM-001-SEDE para lo que se instala y bajo la NOM-029-STPS para cómo se interviene lo que ya está energizado. Esta página explica qué hacemos y, sobre todo, con qué criterio.
El costo real de una falla
Cuando se evalúa una falla eléctrica, el error más común es medirla por lo que cuesta repararla. Reponer un interruptor, rehacer una conexión o cambiar un tramo de cable dañado suele ser barato en términos absolutos. Lo que no es barato es el tiempo en que la línea estuvo detenida, el producto que se echó a perder en proceso, el turno que se pagó sin producir, el embarque que salió tarde y lo que eso significa frente al cliente que lo estaba esperando. En casi cualquier operación industrial, una hora de paro no programado cuesta un orden de magnitud más que el componente que lo provocó.
Esa asimetría es la que sostiene todo el argumento del preventivo. Una conexión floja empieza a calentarse mucho antes de fallar: la resistencia sube, la disipación sube con el cuadrado de la corriente, el punto se degrada, el aislamiento cercano envejece más rápido y el proceso se acelera. Entre el momento en que ese punto es detectable y el momento en que se convierte en un paro pasan semanas o meses. Esa ventana es todo el negocio del mantenimiento preventivo. No estamos evitando una reparación de dos mil pesos: estamos moviendo esa reparación del peor momento posible —planta en marcha, sin refacción, sin turno— a un paro programado de domingo, con el material en sitio y la cuadrilla lista.
Termografía y diagnóstico
Una cámara termográfica lee la radiación infrarroja que emiten las superficies y la traduce en una imagen de temperatura. En una instalación eléctrica sirve porque casi todo lo que está por fallar se calienta antes de fallar, y ese calor aparece en la imagen mucho antes de que nadie lo perciba al tacto o el aislamiento empiece a degradarse.
Aquí está el punto que más se malinterpreta, y del que depende que la inspección valga algo: la termografía solo funciona con la instalación energizada y en carga. Un tablero desenergizado está a temperatura ambiente, y en él la conexión defectuosa y la conexión sana se ven exactamente igual. El calor lo produce la corriente al atravesar la resistencia del defecto; sin corriente no hay calor, y con una carga muy por debajo de la habitual el calor es demasiado bajo para destacar sobre el fondo. Por eso una inspección termográfica se programa cuando la planta está trabajando, con las líneas cerca de su régimen normal, y no durante el paro de fin de año “porque hay acceso”. Un termograma tomado en vacío es un documento bonito y sin información.
La lectura tampoco se reduce a “está caliente” o “no está caliente”. Lo que se interpreta son diferenciales: la temperatura de un punto contra la de las fases homólogas del mismo circuito, contra componentes equivalentes con carga equivalente, y contra el ambiente. Un desbalance térmico entre las tres fases de un mismo interruptor dice más que cualquier valor absoluto. Por eso se registra siempre la carga en el momento de la toma: un punto caliente al 40 % de carga es mucho más grave que el mismo punto al 100 %, porque a plena carga estará bastante peor.
La cámara señala dónde mirar; el diagnóstico lo hace quien entiende la instalación. La inspección se completa con medición de resistencia de aislamiento, apriete con torquímetro al par especificado, revisión y coordinación de protecciones, balanceo de cargas entre fases, y verificación del sistema de tierras. Un hallazgo termográfico sin causa raíz identificada es una foto, no un dictamen.
Preventivo, correctivo y programa recurrente
El correctivo siempre llega en el peor momento, y no es mala suerte: es estadística. Los componentes fallan cuando están más exigidos, y están más exigidos cuando la planta produce a tope, el día más caluroso del año, en plena temporada alta. La falla no elige el momento al azar; elige justo el momento en que más caro sale. Un programa que solo reacciona está aceptando por diseño que las intervenciones ocurran en las condiciones más costosas posibles.
Un programa recurrente ve algo que ninguna visita aislada puede ver: la tendencia. Un punto que subió varios grados entre dos inspecciones consecutivas con la misma carga es información que solo existe si hay un histórico contra el cual comparar. Una medición única te da un valor; una serie te da una pendiente, y la pendiente es lo que permite decidir si algo se atiende este mes o puede esperar al siguiente paro. El valor de la termografía sostenida no está en la primera inspección, sino en la tercera.
La frecuencia no se declara de antemano, se determina. La definen la criticidad del circuito —qué se detiene si eso se detiene—, la edad y el estado de la instalación, el régimen de carga y sus ciclos, y el ambiente en el que vive el tablero. Y el ambiente es determinante: el polvo forma capas que impiden disipar calor y, si es conductivo o higroscópico, crea caminos de fuga entre fases; la humedad y la condensación oxidan contactos y degradan aislamientos; la vibración de motores, compresores y tránsito de montacargas afloja tornillería con el tiempo. Los ciclos de carga hacen que el cobre se dilate y se contraiga, y cada ciclo relaja un poco el apriete de la conexión. Una conexión que se afloja se calienta, y una conexión que se calienta se afloja más. Es un lazo que se realimenta y termina en un arco. Un tablero en una sala limpia y climatizada y otro en una zona de molienda con carga cíclica no se parecen en nada, aunque el diagrama unifilar sea idéntico.
Bloqueo y etiquetado
La NOM-029-STPS regula la seguridad en los trabajos de mantenimiento de instalaciones eléctricas y exige el control de energías peligrosas: bloqueo y etiquetado, LOTO. No es papeleo, es el procedimiento por el cual se interviene un tablero sin matar a nadie.
Intervenir con criterio significa identificar todas las fuentes de energía que alimentan el equipo, no solo la obvia: retroalimentaciones desde otro tablero, un banco de capacitores todavía cargado, una fuente ininterrumpida, energía almacenada mecánica, neumática o hidráulica. Luego se abre el medio de desconexión, se coloca el candado físico y la etiqueta con el nombre de quien lo puso, se disipa la energía residual y se verifica ausencia de tensión midiendo, con un instrumento que se comprueba contra una fuente conocida antes y después de la prueba. El candado lo retira únicamente quien lo instaló. Todo lo demás —capacitación del personal, equipo de protección acorde a la energía incidente de arco eléctrico, herramienta aislada, permisos y delimitación del área— es la condición para que ese procedimiento sea real y no una firma en una bitácora.
Hay una tensión evidente entre esto y lo anterior: la termografía exige la instalación energizada. Se resuelve con procedimiento, no ignorándola. El trabajo energizado se limita a lo que no puede hacerse de otra forma, se ejecuta con distancias, EPP y protocolo, y en instalaciones que lo permiten se recurre a ventanas de inspección infrarroja que dejan tomar el termograma con la envolvente cerrada. Diagnosticar en caliente y reparar en frío no es una contradicción: es el orden correcto.
Instalaciones especializadas
Además del mantenimiento, ejecutamos las instalaciones que ese mantenimiento después cuida: acometidas y subestaciones, tableros generales y centros de control de motores, alimentadores y canalizaciones, alumbrado industrial, sistemas de tierras y protección contra descargas, circuitos de fuerza para maquinaria nueva y ampliaciones de capacidad cuando la planta creció y la instalación se quedó corta.
Casi siempre hay obra civil de por medio —bases, registros, trincheras, soportería, estructura metálica— y la hacemos nosotros mismos, que es lo que evita la coordinación entre dos contratistas que se culpan mutuamente por la fecha. Operamos desde Pachuca, Guadalajara y León, con obra en todo México.
Lo que entregamos al final de una intervención no es un reporte de “todo bien”. Es un dictamen con evidencia: termogramas con su carga asociada, mediciones, hallazgos ordenados por criticidad y una separación clara entre lo que hay que atender ahora y lo que puede esperar al siguiente paro programado. Con eso, un jefe de mantenimiento puede defender un presupuesto y un gerente de planta puede decidir cuándo para su línea, en lugar de enterarse cuando ya paró sola.
